¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!
Si a Juan de Jesús Loaiza le preguntan hoy en día, cuál es su peor enemigo, él, sin vacilar un momento, responde: las lentejas. Sí, ese alimento que tantas veces tuvo que comer mientras estaba en la selva, en medio de combates, emboscadas, persecuciones. Esas lentejas cocinadas con agua y nada más, flotando entre la inmundicia de los residuos y la mugre, que muchas veces en la oscuridad de la noche y en las frías madrugadas calmaron su hambre.
Loaiza como lo llaman sus compañeros y amigos, ingresó a las filas del Ejército en 1999 cuando tenía 16 años. Estando allí aprendió de la forma más dura el significado del compañerismo, del sacrificio, de la verdadera camaradería. Después de dedicar más de 5 años al servicio de la patria y ya en calidad de suboficial, tan solo 6 meses luego de graduarse, sufrió el accidente que literalmente partiría su vida en dos.
Ese día, el 7 de mayo de 2004, Loaiza y sus compañeros cuidaban la carretera Bogotá -Medellín, cuando de pronto las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) secuestraron a una importante mujer. Los miembros del Ejército recibieron la orden de encontrarla, e inmediatamente iniciaron la persecución.
Tres días después, mientras caminaban en medio de la selva, se encontraron con un campo minado. Juan de Jesús Loaiza dio el primer paso con su pie derecho y pisó una mina antipersona.
Fue entonces cuando comenzó la nueva vida de este hombre. Su historia se dividió en dos y como el “Soldadito de plomo” de Hans Christian Andersen, Loaiza tuvo que afrontar la pérdida de su extremidad inferior y, con ello, perdió también la oportunidad de levantarse con su pie derecho una mañana más.
Cuando pisó la mina, todo fue oscuridad. La siguiente vez que vio la luz fue en el hospital Pablo Tobón Uribe de Medellín, donde fue trasladado de urgencias. Allí estuvo hospitalizado un mes, impotente, adolorido, sin ganas de vivir. Loaiza dice que pensó seriamente en suicidarse, tirándose al vacío por la ventana de su habitación:
“No me podía bajar de la cama, tenía la pierna izquierda herida, la mano derecha también, el pie derecho no lo tenía y la única mano que tenía disponible era la izquierda y era donde estaban todos los sueros y los mecanismos”
Cuando regresó a Bogotá, no volvieron sus sueños, sus metas ni sus ganas de salir adelante y de vivir una vida normal. Con él sólo llegó el resentimiento y la impotencia, la furia y la incapacidad de amar y de ser alguien productivo, él creyó que su vida estaba acabada.
Loaiza no tenía ni la más remota idea de lo que era una prótesis, cuáles tecnologías existían, no sabía siquiera si podría usar una. Él pensó que se iba a quedar en una silla de ruedas para siempre, acongojado y abandonado por todos. Sin embargo, se propuso investigar e ir en búsqueda de la parte de su cuerpo que faltaba.
A los dos meses de haber llegado, comenzó a hacer las vueltas para conseguir la prótesis. El Batallón de Sanidad del Ejército lo había acogido y sus terapias habían comenzado con éxito. Conoció a otras personas en condición de discapacidad que estaban incluso mucho peor que él. Les faltaban las manos, la vista, la audición, muchas y más complejas patologías. Se enteró además de La Liga de Deportistas con Discapacidad de las Fuerzas Armadas, “LIDIFA” y lo invitaron a participar.
En ese momento Loaiza recordó su juventud, su afición a la bebida y a las peleas callejeras, su total desinterés por el estudio y por los deportes. A duras penas caminaba de vez en cuando. No creía que tuviera talento para nada, y se repetía a sí mismo que si no había sido un buen deportista cuando estaba completo, ahora que le faltaba la mitad de su cuerpo y tenía un 97% de discapacidad, mucho menos.
Arrancó con atletismo en silla de ruedas, luego con natación, y más adelante con tiro al blanco; pero lo que realmente lo apasionó fue el atletismo de campo. Dice él que un día estaba en un campeonato de natación en Bucaramanga y le insistieron para que se inscribiera en una prueba de atletismo. Le dio tres vueltas al estadio y terminó en primer lugar. Su muñón sangraba y su pierna estaba adolorida, pero el éxtasis del triunfo lo compensaba todo.
Pasaron los años y Loaiza seguía compitiendo y ganando. En 2006 lo invitaron a practicar montañismo, un hobby bastante exigente. Se organizaron varias expediciones, una a la Sierra Nevada del Cocuy, y otra al cerro de Pan de Azúcar. Pero una vez conquistados los picos más altos de Colombia, Loaiza y sus compañeros querían llegar más allá de donde ningún hombre había llegado.
Surgió entonces la idea de la expedición ‘Huella 2009, a la conquista del Aconcagua’, Juan de Jesús, junto con cuatro miembros de su equipo, partió hacia Argentina el 10 de enero.
Durante días de intensa actividad física, mental y esfuerzos, se encontraron con obstáculos como los Montañistas de diferentes partes del mundo –que por cierto los miraban por debajo del hombro por su discapacidad- y condiciones climáticas difíciles. Sintieron un latente miedo a la muerte y al hecho de no poder llegar a la cima. Los 5 hombres trabajaron duro para lograr su meta.
El equipo coronó la cima después de 12 días, el 22 de Enero de 2009 la bandera, que durante todo el tiempo estuvo en manos de Juan de Jesús, ondeaba en lo más alto de Latinoamérica.
Mientras estaban en la cima, Loaiza y sus compañeros lloraron, se abrazaron, pensaron en todos sus colegas muertos en combate, en los amigos que habían enterrado, en los que se debatían entre la vida y la muerte. Pensaron en sus familias, en el orgullo mutuo que sentían. Redimieron sus culpas y agradecieron por estar vivos en la cumbre de una montaña donde anualmente suben alrededor de 7000 personas pero sólo 2500 logran llegar al final del viaje.
No era sólo el mérito de llegar a la cima: era el de haber llegado unidos como equipo, el de haber representado a todos aquellos colombianos en condición de discapacidad, héroes de la patria, esposos, papás, amigos; Representado incluso al nuevo equipo de discapacitados bilaterales, quienes planean subir con ellos a la Sierra Nevada del Cocuy este año.
Cuando Loaiza llegó a Bogotá, le propusieron participar en la Media Maratón de New York. Se abría otra puerta y se generaban nuevas expectativas. Este reto implicaba mucha preparación en poco tiempo y además de eso, significaba el miedo de no poder llegar a la meta. Él no dormía pensando en el día de la carrera. Sin embargo, la asumió y llegó firme hasta la última instancia, sin flaquear por un minuto, de nuevo con la ondeante bandera de Colombia en sus manos.
Chucho, como le dice su mamá, se sintió el hombre más afortunado del mundo el día en que conoció a la mujer que sería su esposa, una fisioterapeuta de la Universidad del Rosario que estaba realizando las prácticas en el batallón. El flechazo fue inmediato, se enamoraron y se casaron apenas hace seis meses. El soldadito de plomo que no creía en sí mismo conoció a su soñada bailarina, la vida se encargó de demostrarle que para amar se necesita solamente corazón.
“La vida no es para andar borracho para andar peleando para andar mirando a la gente rayado. La vida es para aprovecharla, sacarle cosas buenas, disfrutarla. Hoy en día la vida para mí es todo, toca no arriesgarse, porque hay que pensar en el futuro de la familia”
Al hablar de resentimientos Loaiza asegura que al principio sentía mucha rabia y sed de venganza, pero que después de hablar con una religiosa en el batallón, comenzó a ver la vida de otra manera. Oró por quienes necesitaba perdonar, oró también por no haber valorado lo que tenía, por haber actuado en algunas ocasiones con arrogancia y por haber mirado a sus semejantes con desdén. Ahora dice que no siente por las FARC más que lástima.
Hoy se pregunta qué habrá pasado con la señora que secuestraron esa vez en la carretera Bogotá – Medellín, y espera que por lo menos la hayan rescatado de sus captores. Pide que la suerte de sus compañeros de lucha, no sea la misma con la que corrió él. Valora los soldados que día a día atraviesan en país de norte a sur, de oriente a occidente, esos héroes de carne y hueso que brindan sus servicios a la patria sagrada.
Ahora Loaiza espera una entrevista en una empresa de artefactos ortopédicos que se comprometió a entregarle una prótesis profesional utilizada especialmente para correr, pues la que tiene ahora, la que siempre ha tenido y la que tanto quiere, es simplemente para caminar.
Chucho reparte su tiempo entre su vida marital, sus entrenamientos, su microempresa de confección de pantalones y su hobby, el montañismo. No tiene tiempo para odiar, para resentir y para lamentarse de lo que pudo ser y nunca pasó. Loaiza es un hombre feliz.
Por eso sé que si a Juan de Jesús Loaiza le preguntaran hoy en día, ¿cuál es su peor enemigo? Él, sin vacilar un momento, responderá: Las lentejas.
DANIELA ANDREA VACA CORREA
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